De ideas pocas
de locuras, muchas
Se cruzan lineas, todas rectas
se entrecruzan y forman el entramado que divide mis neuronas
a veces mohosas,
la mayor parte del tiempo,
que no se rien mientras me voy
por ahi.
De ideas pocas
de locuras, muchas
Se cruzan lineas, todas rectas
se entrecruzan y forman el entramado que divide mis neuronas
a veces mohosas,
la mayor parte del tiempo,
que no se rien mientras me voy
por ahi.
Escasas son las veces que sembré algo
Se me inundaron las encías y
salieron a bailar
salivadas.
Querellantes
Atrapadas en la modestia
de saberse muchas
Quisieron algunas, obtener cierto reconocimiento
y se encontraron atrapadas en una sombra de papilas gustativas
Pobres
desalmadas, carnosas
Inservibles continuaciones
de la boca
Viajando en el colectivo surgieron los siguientes pensamientos, tal
vez un poco reiterativos, pero fieles a como brotaron, aqui
transcriptos:
Una mujer se pasea con sus botas nuevas. Ella cree que “le
pertenecen” porque las ha comprado en buena ley con “su” dinero.
El dinero que le dieron a cambio de un trabajo duro. Entonces,
pues, ella “tiene derecho” a intercambiar ese dinero por lo que
quiera. Puede “adquirir” algo que esté en el mercado y aquello
pasará a ser de su propiedad. Muy simple.
Lo que ella no sabe es que ese dinero no tiene valor material. Que
el valor que posee es asignado por la sociedad y que es parte
crucial del juego que ésta plantea: trabaja duro, te daremos dinero
y prodrás intercambiarlo por lo que quieras.
Para ella eso es la libertad, la libertad de adquirir lo que desee
justificado por su trabajo duro. Y aqui está la trampa. Porque lo que
ella olvida es, que en primer lugar, esas botas, y todo lo que pueda
poseer, provienen de la naturaleza (o medio, como querramos
llamarle), de un recurso natural que el hombre toma y y transforma
a traves de un proceso de producción. Probablemente esta mujer
tenga una nuevas botas el mes proximo, o tal vez un par de
zapatos, en todo caso estará ejerciendo aquella ilusoria libertad
una vez más. Pero aquellas no le pertecen, han sido sacadas de la
naturaleza, para cumplir una función, claro está (cubrir el pie de la
mujer) pero no para convertirse en merasatisfacción del ego
humano, y menos aun, en una pieza fundamental del juego
capitalista. Nuestra libertad no radica en el hecho de que podamos
consumir (o en lo que podamos consumir) sino en las cualidades
que nos hacen humanos. Notaríamos esta ilusión carcelaria, si tan
solo pensáramos en la escases de los recursos naturales. ¿De
que nos serviría el dinero si ya no tuvieramos agua, techo o
comida? El dinero no se come ni se bebe y su valor es ficticio, solo
parte del juego en el que vivimos. No nos engañemos, por respeto
a la naturaleza, a nosotros mismos y a la supervivencia de todos.
Nota 1: me recuerda a la persona que come carne. La carne es
suya por derecho, la ha comprado. Pero no piensa de donde
proviene, que hay una vida anterior independiente a él
Nota 2: A veces vemos a los niños jugando con sus juguetes, y
cuando alguien se acerca gritan “es miiioooo”. Siempre dudé al
respecto de que esa conducta fuera natural. Desde muy pequeños
somos criados bajo la idea de la propiedad privada.
No me puedo sostener. Me ando ocultando de a ratos, entre dolores de cabeza temporarios y olvidos intencionales.
Que se corra el telón y que vea que soy protagonista. Me duelen las plantas de los pies, me hartan las esperas y mi ansiedad y las esporas, también.
Estoy cansada de hacer sin mover un dedo, de jugar a que no me doy cuenta de nada. De ocultarme como una nena chiquita. De oscilar entre malestares cómodos y que mi reactivo no se active.
Cuál es la formula para entender sin la mente? Para entender sin entender? Y estar bien parada, pero no firme. Fluir sin cliché. Cómo se hace eso que nunca te enseñaron? El encuentro con lo intangible, pero no menos real.
Que me salgan raíces de a poquito y que me hagan sentir que piso tierra firme, aunque sea por un ratito, o dos.
Un impulso antagónico. Un ser que titila dentro de mi. Quiero comenzar una conversación que no se da nunca. Quiero dejar de usar palabras absolutas.
Tendría una mariposa que renuncie a volar por voluntad propia?
Que sería eso más que ridículo, más que triste, que fatal?
Las palabras se tiñen del estado de ánimo y nunca son independientes. Nunca.
Siempre son subjetivas, pero necesarias. Porque necesitan expulsarse pronto. (Me vendría bien una catapulta, haría mi trabajo más rápido y lo haría mas veloz, mas volador.)
Quiero cantar canciones que no inventé y están en mi lengua. O tal vez en una creatividad que no se ha despertado. Me doy cuenta de cosas que ni estan en mi cabeza. De donde las saqué?
A veces convivir con una mismo se vuelve uan tarea difícil.
Y de pronto resignar lo que no fue o lo que será o no resiganar nada, pero mentira.
Tengo en la cabeza un par de ideas luminosas y muchas otras que me dan miedo. Y cuando será que viene eso de la iluminación?
Cuando tenga ganas voy a desmembrar mis lágrimas y hacerlas figuritas de un álbum triste, pero viejo, ya pasado. Las voy a mirar de pronto y decir ”que cosa estas lágrimas, son figuritas y nada mas, son pegajosas”
Y esponjosas no.
En su soledad vitalicia, el cazador naskapi tiene que confiar en sus propias voces interiores y revelaciones inconscientes; no tiene maestros religiosos que le enseñen lo que ha de creer, ni rituales, fiestas o costumbres que le conforten. En su concepto básico de la vida, el alma humana es simplemente un “compañero interior” al que llama “mi amigo” o mista peo que significa “gran hombre”, Mistapeo reside en el corazón y es inmortal; en el momento de la muerte o poco antes, deja al individuo y luego reencarna en otro ser.
-Estoy triste- dijo la muchacha.
Él le sostenía el seno con la mano.
-Por qué?- le preguntó un ser humano entredormido que respiraba ruidosamente.
-No se-
Las lágrimas se mezclaban con el sudor y en la oscuridad resultaban imperceptibles para la mano extraña que las recibía.
“Tristeza infinita”, pensó ella. “Puedo ver estrellas en este techo oscuro, solo para medir lo lejos que llega mi tristeza.”
“Tristeza infinita”, volvió a pensar. Le gustaba la frase. Esa tristeza era poética, era corporal.
Su cuerpo yacía patético, acostado sobre la maraña de sábanas blancas. Ahora, quieto, había perdido toda su gracia.
La tristeza es el precio de la estabilidad y se paga en cuotas.
En ese momento tendrían que haberle salido alas, pero en su lugar, se levantó para escribir algunas líneas.